Cuando uno ve una armadura de lazo y nunca ha estudiado nada sobre el tema, sencillamente se sorprende ante su belleza y su aparente complejidad, imaginando tal vez que hacer algo así conlleva un sinnúmero de dificultades. Sin embargo, su método de ejecución distaba mucho de ser un galimatías imposible de realizar, puesto que fueron precisamente su sencillez y su vistosísimo resultado los que permitieron que se construyeran infinidad de ejemplares a lo largo y ancho de España.
La carpintería de lazo fue una especie de milagro que ocurrió en lo más profundo de Al-Ándalus, coincidiendo aproximadamente con el reinado nazarí, y que supuso un auténtico canto de cisne artístico que más tarde se extendió por toda la península ibérica e incluso el Nuevo Mundo. Por un lado, la invasión musulmana introdujo toda una serie de motivos decorativos geométricos basados en ruedas de varios brazos que se entrelazaban entre sí, los cuales se aplicaban en las más diversas artes. Pero por el otro, el gremio carpintero, cuyo oficio hundía sus raíces originales en la tradición visigoda y atlántica que permaneció tras la conquista, usaba los cartabones como instrumento de uso diario para ejecutar cubiertas y cualquier elemento que necesitara ser trazado mediante ángulos.
Y así hasta que un día a alguno de esos carpinteros se le ocurrió la feliz idea de intentar trazar una simple estrella usando los cartabones a los que estaba acostumbrado. Seguramente el primer resultado dejó que desear porque para que una estrella salga bien el ángulo tiene que ser exacto, así que tuvo que ingeniárselas para fabricar un cartabón muy preciso. Cuando por fin lo logró y consiguió trazar la estrella, tal vez lo siguiente que se propuso fue construir una rueda de las que tantas había visto en su vida, pero ésta vez con cintas de madera, y de inmediato se encontró con el problema de solucionar los encuentros entre las distintas piezas. De manera que tuvo que inventarse otros dos cartabones más para que las cintas recortadas pudiesen encajar según lo que buscaba.
Posiblemente sus logros fueron copiados por sus aprendices, y con el tiempo descubrieron que agramilando y emboquillando las piezas, el efecto del entrelazamiento era asombroso. La decoración era perfecta para casi cualquier tipo de mueble. Harían alacenas, baúles, puertas… y seguramente con éstas últimas cayeron en la cuenta de que podían ir aún más lejos: no tenían que limitarse a recortar cintas y clavarlas sobre una tabla, podían hacer rebajes en los propios peinazos, de manera que ensamblándolos entre sí, se formaría a la vez la estructura de la puerta y su decoración.
Y quizás tiempo más tarde en la cabeza de otro carpintero se hizo una luz tan brillante que cambió el arte hispano para siempre: si eso podía hacerse en una puerta, también podía hacerse en una armadura. Solo había que combinar de manera inteligente los tres cartabones de lazo que inventó su viejo colega, con los tres que habitualmente se usaban para hacer las techumbres desde tiempos pretéritos. Probablemente si se hacían coincidir varios de ellos, se podía generar una trama de lazo que a la vez fuese el armazón estructural y decorativo de la cubierta.
De solo imaginar aquello, lo más seguro es que estuvo varias noches casi sin dormir, construyendo una maqueta con restos de madera que había en el taller. Vio que relacionando los cartabones entre sí podía hacerse algo nunca visto. Una armadura en la que los pares simularían girar y formar ruedas, que se unirían a otras ruedas de otros faldones como si de una constelación interminable se tratase. Y todo ello a la vista, sin piezas que ocultaran nada. Ya se habían hecho cosas parecidas con taujeles o cintas clavados sobre tabla, pero esto era otra cosa. Supondría una obra de arte total, en la que decoración y construcción coexistían en una misma pieza. Y no le costaría mucho esfuerzo conseguir que alguien le dejase realizar una armadura semejante, ya fuera en un palacio, una mezquita o una simple casa.
Es muy posible que este invento maravilloso viese la luz en Granada, así como también lo es que el primer ejemplar que se construyó ya no exista. Lo que sí sabemos es que la lacería prendió con rapidez, tanto en territorio musulmán como cristiano, y que muchas de las armaduras que se hicieron después, las cuales abarcaron un área que iba desde al sur de Andalucía hasta Castilla la Vieja y Aragón, Canarias e Iberoamérica, aún las tenemos delante. Para nuestro propio disfrute de un arte tan singular y para el de las generaciones que vengan después, no estaría mal que supiéramos cuidarlo, repararlo y por qué no, resucitarlo.
Nota: Mil gracias a mi compañera de profesión, la arquitecta e ilustradora Carmen Bueno, por ayudarme con los dibujos de este post.




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