Jun 3, 2016
Albanecar

La construcción de una armadura, III: Los faldones

En esta tercera parte de “La construcción de una armadura” hablaré de la fase de colocación de los faldones sobre el asiento, la cual condensaba los aspectos más fundamentales de la carpintería de armar española, y del gran pragmatismo al que debió su éxito. Como ya mencioné en la entrega anterior, el trazado y corte de las diferentes piezas los dejo para otra ocasión, porque es más importante conocer el método constructivo esencial, el cual es decisivo a la hora de crear un diseño que sirva para su propósito.

Vista inferior de la armadura de San Salvador. ©Albanécar, 2016.

Todo el proceso de ejecución estaba orientado a conseguir una gran eficacia, y era fundamental la programación de los plazos, puesto que para cuando llegase la hora de colocar los faldones en su lugar –es decir, tener el asiento de la armadura terminado-, estos ya habían de estar perfectamente acabados para su presentación en la obra, lo que implicaba una interminable lista de tareas que tenía que haber comenzado meses o años atrás para estar a punto. Éstas abarcaban el trazado, el escuadrado, la ejecución de rebajes, cajeados, taujeles, policromado, y un larguísimo etcétera que se llevaba a cabo en taller, y cuyo resultado era el acopio de los faldones terminados a pie de obra, a la espera de ser izados y colocados en su respectivo lugar en poco tiempo. La prefabricación resultó tan efectiva que se aplicó con pocos problemas y pocos cambios durante siglos, llegando a convivir con el Gótico, el Renacimiento y el Barroco.

La pieza más importante en cuanto al premontaje de los faldones fue la lima mohamar o doble, que permitía a las péndolas formar cuerpo con el resto del faldón, de manera que este se convertía en una pieza unitaria que podía ser manejada con relativa facilidad. Aunque supusiera duplicar una pieza, las ventajas de trabajar en taller o en el suelo eran infinitamente superiores, puesto que permitía una exactitud y una rapidez imposibles de conseguir trabajando en altura.

Pero sin más preámbulos, y en lugar de extenderme en tecnicismos, hoy la cosa va a ser diferente y voy a dar la palabra al maestro Simón, carpintero y alarife, que nos desgranará cómo su cuadrilla colocó los faldones de una pequeña armadura en la desaparecida iglesia de San Salvador de Buitrago, en el año 1500.
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Colocación de los faldones y el almizate a pie de obra. ©Albanécar, 2016.

Vive Dios, que aquella obra dio más quebraderos de cabeza que ninguna otra que jamás yo hiciere. El señor Marqués de Santillana, tan viajado y tan leído como ufano y pretencioso, no dejaba de acecharnos, criticando cada madero que dábamos por terminado. A tantos cambios nos obligó que sólo por culpa del dichoso contrato que teníamos no salí huyendo de allí.

Mas no me entretendré en lo malo, sino en lo bueno, que por fortuna llegó al final. El Marqués, que quiso una armadura de lazo de ocho para la iglesia de su hospital, se arrimó una vez más adonde estábamos, porque sabía que llevaríamos los cuatro faldones y el almizate a colocarlos en pie, para echarles un último vistazo antes de izarlos hasta su lugar, sobre el altar mayor.

No era cosa de cualquier día poder ver una taravea tan de cerca, y al llevar los paños desde donde los hicimos hasta la obra, aunque solo distaban dos cuadras, bastó para que el pueblo entero se asomase a admirar tan digno espectáculo. Pero el Marqués, que no gustaba de verse rodeado de muchedumbres, mandó marchar a todos de allí, y se quedó solo con dos pajes frente a nosotros. Era hombre de mundo y pocas cosas le sorprendían, pero un atisbo de sorpresa vi en su cara, pues tal vez no esperaba que un pequeño techo pudiera contener semejante belleza en traza y colorido.

Colocación del almizate sobre el andamio, a la espera de los faldones. ©Albanécar, 2016.

Puesto que contaba con poco tiempo para contentar a tan caprichoso personaje, me bastó con saber que habíamos de cubrir un presbiterio cuadrado de veinte pies de lado. Sin demora rescaté un dibujo del que fue mi maestro, un muy curtido carpintero de San Rafael que aún hoy sigue recorriendo las Españas y haciendo obras por doquier. De tal modo me dijo: “Cuando prisa tuvieres por hacer armadura de lazo ocho, aplica este trazado que te doy, que se faze más deprisa que ninguno otro, porque se arma por cuartillejos que luego se juntan a los pares y así quedan los testeros completados en muy poco tiempo.” Y así fue, y además la armadura al ser cuadrada resultaban los cuatro faldones idénticos, por lo que con unas cuantas piezas repetidas muchas veces, compuse todo en mi taller de Rascafría para ir más deprisa, y lo traje en carro al final para montarlo aquí.

Izado mediante polea de un faldón hasta la cubierta. ©Albanécar, 2016.

Tan pequeña y ligera fue la armadura, que la izamos y dispusimos sobre el asiento en un solo día. Como la techumbre de toda la iglesia ya estaba comenzada, preferí que aquella hiciera las veces de sobrecubierta, protegiendo la del altar mayor de posibles humedades, y garantizando su existencia por varios siglos, si acaso guerras, incendios u otros infortunios no osaren ponerle fin.

Encaje de los faldones laterales con el almizate. ©Albanécar, 2016.

En armaduras más grandes los tirantes hubieran servido de apoyo de andamios, pero aquí, que no los había al ser cuadrada, tuvimos que fabricar una pasarela para poner el almizate a la espera de los faldones. Para levantar cada uno de ellos nos bastamos Juan, el Gordo, y yo, que con nuestros generosos pesos y usando polea, fue cosa fácil, mas una vez arriba hubo que arreglarse con mil ingenios y triquiñuelas para encajarlos con el almizate sin caernos todos al vacío, debido a la estrechez del lugar.

La armadura de lazo completa, protegida por la sobrecubierta. ©Albanécar, 2016.

Una vez armado todo, respiré más tranquilo, pues para rematar tablas, tabicas y demás, se puede pisar sobre los pares sin peligro. Siempre recordaré esa tarde, ya con el techo puesto, en la que nuestro noble patrón se acercó, como solía hacer, y al oir a uno de los oficiales hablar de los peligrosos menesteres que entraña el andar por las alturas dijo: “¿Qué temes? Si está escrito que caigas, así será, y si mueres tras haber fabricado algo tan bello para Dios, no podrías ir a otro sitio que a su lado.” 

La armadura finalizada, vista desde la escalera del altar. ©Albanécar, 2016.

Dedicado a mis compañeros y amigos de Taujel.

 

1- La armadura retratada en el texto y las ilustraciones de esta entrada es la que se encontraba sobre el presbiterio de la desaparecida iglesia del Hospital de San Salvador, en Buitrago del Lozoya. La armadura sobrevivió a la destrucción del edificio y hoy en día se encuentra, con algunas modificaciones, en la vecina iglesia de Santa María del Castillo, del mismo municipio. El artículo más extenso escrito hasta la fecha sobre las techumbres de dicha iglesia, que incluye una reconstrucción gráfica de todo el templo, es DE MINGO GARCÍA, J.:”Las techumbres de la iglesia del Hospital de San Salvador en Buitrago del Lozoya” Boletín R.A.B.A.S.F., nº116, 2014.

2- Las ilustraciones son razonablemente realistas en cuanto a su representación, con algunas licencias artísticas para que se comprenda mejor la construcción de la armadura, como por ejemplo omitir el entablado, o no dibujar todos los andamios que verdaderamente hubieran hecho falta.

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4 comentarios

  • Es una maravilla el trabajo que haces. Muchas gracias por compartir cosas así; para los amantes del patrimonio y la restauración estas cosas son auténticas joyas.

    • Hola Luis,
      Muchísimas gracias por tu comentario, y por supuesto es todo un orgullo para mí que pienses así del blog. Espero que lo sigas disfrutando.
      Un saludo.

  • Me alegra cada vez que visito el blog y encuentro una entrada nueva.
    Maravilloso trabajo de documentación y difusión,como maravilloso el apoyo gráfico

    • Hola Javier, siento mucho haber tardado tanto en responder.
      Muchas gracias por tu comentario, es todo un acicate para seguir haciendo estas cosas. Espero que lo sigas disfrutando.
      Un cordial saludo.

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