Nov 1, 2016
Albanecar

En busca de la perfección, I

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Hace mil años, comenzó a gestarse en el centro de la península ibérica una forma de hacer armaduras de cubierta que mezclaba un oficio artesanal de secular tradición -la carpintería de armar del norte de Europa- y un recurso decorativo basado en la geometría, el girih sãzi, de origen probablemente sirio. La primera llegó con las invasiones germánicas (S.V) y la segunda con la invasión musulmana (S.VIII).

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El surgimiento de la carpintería de lazo no fue un proceso que a día de hoy podamos rastrear fácilmente, porque una sucesión interminable de guerras, desastres, termitas y restauraciones, hicieron desaparecer la práctica totalidad de lo que pudo haber en los primeros siglos de la lacería.

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Debido a ello, no sabemos quien ni cuando fue el primero que hizo algo semejante, pero sí conocemos lo que vino después, y fue una búsqueda incesante de la belleza y la perfección geométrica, a través de la realización de techumbres de madera.

 

LAS TRAMAS DE ESTRELLAS DE OCHO PUNTAS

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Las armaduras de lazo que muestran un diseño más primitivo son todas aquellas que se basan en una trama de sinos de ocho puntas. El sino o estrella de ocho puntas fue un símbolo existente en casi todas las culturas antiguas, que la denominaron de diferentes formas: Spica, Gadeiro, estrella tartésica, de Salomón o de Lakshmi, entre otras muchas.

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Sin embargo, su abundante presencia en la península desde tiempos inmemoriales, hizo factible la posibilidad de que previamente a lo que hoy entendemos por lacería –fundamentada en el uso de ruedas-, se desarrollase un tipo de ornamentación basado exclusivamente en sucesiones de sinos.

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Algunas de las más antiguas armaduras de lazo convergen en este tipo de decoración, especialmente abundante en el antiguo reino de Castilla, de ahí que también se le denomine como lazo castellano.

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Esta forma de hacer lacería comenzó a hacerse en armaduras llanas formando una retícula de cuadrados, de manera que en las piezas que bordeaban el mismo se tallan las puntas que restan para formar la consabida estrella de ocho. Pero a medida que evolucionaba la técnica, el juego de cintas que rodean las estrellas se iba complicando, y así surgía una estrella derivada de la anterior, con sus vértices formando ángulo agudo en lugar de recto.

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LOS TRAZADOS DE RUEDAS DE OCHO BRAZOS

El siguiente cambio consistió en proseguir con el avance de la estrella de ocho en su conquista del plano, de manera que comienza a aparecer la rueda de ocho brazos.

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Debido a su geometría, era relativamente fácil realizar ruedas de ocho macladas en una estructura de par y nudillo tradicional, especialmente cuando surgió el cuartillejo, que era un truco constructivo que permitía prefabricar este tipo de armaduras aún con mayor eficacia. Como ejemplo usaré una pequeña armadura ya muy estudiada en entradas anteriores: la de San Salvador de Buitrago.

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El concepto principal del cuartillejo se basaba en crear una suerte de módulo cuadrado con una cuarta parte de rueda en cada esquina, de forma que la armadura podía componerse con una sucesión de aquellos que se iban ensamblando a los pares.

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Este modelo se aplicó en una época en la que las armaduras eran muchas veces rectangulares, por lo que geométricamente era imposible hacer coincidir el trazado de ruedas de ocho con las limas de los faldones, sobre todo si se aplicaba el paradigmático cartabón de cinco en la armadura (pendiente de 45º), lo que generaba un albanécar de 54,73 grados -conocido en trigonometría como el ángulo mágico-.

El conflicto entre la geometría de la rueda de ocho y el albanécar de 54,73 era irresoluble y siempre había que adaptar el trazado en el entorno de las limas para evitar que quedasen rarezas derivadas de su intersección con éstas.

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No obstante, el verdadero mérito de éste sistema constructivo era que se podían construir todas las piezas componentes de la armadura mediante los dos juegos de cartabones necesarios: los de armadura y los de lazo. En el caso de la lacería de ocho eran necesarios el cartabón de 4, el de 8 y el ataperfiles denominado blanquillo.

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La lacería continuó imparable como recurso compositivo de infinidad de techumbres de iglesias, alcázares, palacios y mezquitas a ambos lados de la frontera, y llegó el día en que se empezaron a hacer armaduras ochavadas. Seguramente los carpinteros tardaron muy poco tiempo en darse cuenta de que había una rueda que se prestaba a un trazado perfecto a la hora de realizarlas: la rueda de diez brazos. Pero eso vendrá en la siguiente entrega…

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4 comentarios

  • Enhorabuena, es una página genial.
    Salud.

    • Muchas gracias, Reyes!
      Un saludo.

  • Hola Javier :
    Quiero expresarte mi mas sincero agradecimiento por compartir tu pasión.
    Se nota en cada rincón de “Albanécar”, ese amor, dedicación y sabiduría por la “carpintería de lo blanco”, es sencillamente un trabajo esplendido. Darle las gracias también a tu maestro por haberte inoculado ese veneno.
    He descubierto Albanécar por pura casualidad buscando en la red documentación sobre Alifato cúfico y me quede enganchado con tu trabajo tanto por las explicaciones como por los dibujos en 2D como en 3D.
    Enhorabuena por tu trabajo y sobre todo por compartirlo con los demás.
    Feliz 2017.

    • Estimado Diego:
      Muchísimas gracias por tu comentario, cosas así siempre animan a seguir adelante. Para mí es un placer poder compartir lo que sé del tema con el público general, puesto que creo que es la base de la cultura. Si todo se quedara en el ámbito académico, tarde o temprano se acabaría extinguiendo. A pesar de lo poco que publico últimamente (debido a factores externos) espero que lo sigas disfrutando.
      Un saludo.

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