Todos hemos oído alguna vez la expresión «artesonado» en boca de quien quiere designar una techumbre de madera, sea cual sea su forma o disposición. El término se usa de manera genérica e indiscriminada, y de hecho, yo mismo, cuando voy a medir alguna armadura de cubierta para mi tesis doctoral, me suelo presentar ante el responsable del edificio diciendo que «estoy haciendo una tesis sobre artesonados». Obviamente lo hago porque no me puedo permitir estar corrigiendo a cada persona con la que hablo sobre el uso correcto de la palabra.
Lo cierto es que la mayor parte de las veces su empleo es incorrecto, puesto que un artesonado es una variante concreta del forjado de madera o alfarje, en el que los espacios del entrevigado se cubren con artesones, que son conjuntos de tablas con forma de artesa invertida. En tiempos, se denominaba artesa a una especie de cajón de madera, por lo general rectangular, en el que la parte superior abierta era más amplia que el fondo, y que tenía diversos usos: los más habituales eran el amasado del pan y la albañilería. Sin duda, el parecido de los armazones que se colocaban entre las vigas de los forjados con las artesas, fue lo que dió nombre a aquellas piezas, y por extensión, al forjado completo.
Así que siendo precisos, solo cabe hablar de artesonado cuando hay artesones, pero como ya hemos comentado, la expresión se usa comúnmente para cualquier techumbre lígnea, y no parece probable que esto vaya a cambiar a corto plazo, puesto que incluso en textos y referencias de autores de cierto prestigio académico, podemos leer «artesonado» con su acepción generalista.
Demos un paso más. ¿De dónde viene la técnica del artesonado, y por qué se hace así? En realidad rastrear su origen no es tan complejo, ya que se trata sencillamente de una evolución de lo que sería un alfarje o forjado de madera, acaso uno de los conjuntos constructivos más usados en la arquitectura. Si tomamos como base el alfarje más elemetal, vemos que está compuesto por vigas dispuestas en una dirección y tablas en la dirección perpendicular, y a partir de ahí, la técnica comienza a complicarse a medida que suben los requerimientos que se le hacen al forjado. Nuere, en su libro «La carpintería de armar española», describe el proceso evolutivo de manera muy comprensible.
En origen, las simples tablas que se usaban como suelo pisable, pronto dejaron de ser consideradas aceptables dependiendo de su uso, puesto que su aislamiento acústico no sólo era nulo, sino que podían llegar a ser muy ruidosas. Seguramente has podido experimentar alguna vez el extraordinario repertorio de crujidos que puede emitir un alfarje al pisarlo, desde el alarmante cra-cra-cra hasta el terrorífico ñieeec, si bien es cierto que el hecho de ser ruidoso es un síntoma de buena salud porque significa que la madera está seca.
Para evitar en lo posible la transmisión de ruidos con la estancia inferior, se empleaban arcillas y materiales de relleno sobre la tablazón, para sobre ella colocar el suelo, ya fuera de barro cocido, madera u otro material. El nuevo problema que surgía con esta técnica estaba en las tablas de soporte, ya que al secarse podían abrirse fendas o directamente partirse, situación que cuando no existía nada encima de la tabla no tenía mayor importancia, pero que con la adición de arcillas provocaba la caída de las mismas sobre el piso de abajo. Así las cosas, se descubrió que lo más práctico era usar tablas de poca anchura para evitar su agrietamiento por secado, y de esta manera surgió el alfarje de cinta y saetino.
Pero llegó el Renacimiento, y con él, los palacios y las viviendas burguesas, en los que las añejas bóvedas de cantería dejaron paso a los forjados, cada vez más elaborados. La arquitectura italiana tuvo un indudable influjo en estos temas, y sobre todo, el tratado de Serlio, que llegó a España en 1552, sirvió de inspiración a muchos maestros y carpinteros a la hora de llevar a cabo las techumbres de madera. Es en ésta época cuando comenzó a usarse el artesonado de forma masiva, y debido a ello es muy habitual que le acompañe el adjetivo renacentista. En realidad la aportación del artesonado era añadir tablas inclinadas bajo la tablazón principal, de manera que se generaban unos casetones que cumplían varias características a la vez: estaban formados por tablas estrechas y no se rajaban, permitían el uso de peinazos y una mejor distribución de cargas, y estéticamente ofrecían una versatilidad prácticamente ilimitada, al poderse sobreponer tablas y molduras a voluntad del diseñador, generando una trama visual que daba énfasis a la perspectiva central que tanto gustaba en esa época.
En definitiva, como podemos ver, un artesonado es una construcción carpintera con unas características bastante concretas, y aunque la vulgarización de su uso ha desdibujado su significado, nunca es tarde para hacerlo bien.








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