Nov 11, 2013
Albanecar

El monasterio de San Antonio el Real

El tiempo y el azar, para nuestra alegría, se permitieron desde hace ya siglos el capricho de mantener un olvidado monasterio segoviano a salvo de guerras, catástrofes, incendios, o incluso del simple abandono. Hoy, San Antonio el Real sobrevive, sigiloso y ajeno a las multitudes, en la ciudad del Acueducto, tras más de 500 años acogiendo entre sus muros a franciscanos, clarisas, ambiciones reales y sobre todo, desde mi punto de vista, un soberbio conjunto de techumbres que se bastan por sí mismas para asombrar a cualquier visitante. Lo más interesante del monumento es que apenas ha sufrido cambios ni deterioros desde su creación, condición que lo hace singular como pocos edificios en nuestro país.

Entremos entonces en San Antonio, y preparémonos para estar todo el rato mirando al techo con la boca abierta, puesto que armaduras y alfarjes nos acompañarán durante el recorrido completo. Por cierto, me gustaría aclarar que este blog lo que promueve es la difusión del patrimonio carpintero, por lo que se ciñe a la descripción del mismo. No hay ni que mencionar que es el conjunto completo el que merece la atención, pero ya que nadie suele explicar suficientemente las construcciones de madera, aquí asumo esa tarea.

Alero sobre canes lobulados en la fachada del monasterio. © AlbanécarVista del altar mayor de la iglesia. © Albanécar

Lo primero que hallarás al acercarte al monasterio es un enorme alero en voladizo, que protege la portada plateresca y que está apoyado en grandes canes lobulados. Si ya piezas tan expuestas a la intemperie como las de un alero, se han conservado con semejante fortuna, eso te puede dar una idea de lo que has de encontrar en su interior.

La entrada al recinto se efectúa por la iglesia, cuya nave central es abovedada y la lateral  cubierta por alfarje. Sin embargo, sobre el altar mayor podrás ver la primera maravilla, una bellísima armadura ochavada de lacería. Si no eres entrado en materia sobre carpintería, permíteme que te explique algunos términos y sus porqués. Ochavada, como su nombre indica, es que tiene ocho faldones, cuatro paralelos a los muros y otros cuatro diagonales. Por otra parte, lacería es la trama decorativa (y en este caso también estructural) que recorre toda la armadura. Se denomina así por el efecto de entrelazamiento de las diferentes piezas, simulando trazas que pasan por delante o por detrás de las demás alternativamente.

Armadura de lazo sobre el altar mayor de la iglesia. © Albanécar

La trama se organiza fundamentalmente mediante el uso de ruedas de las que parten las direcciones de todas las piezas. En el caso de ésta armadura, esas ruedas tienen diez puntas o brazos principales que al prolongarse se enlazan entre sí. Pues bien, has tenido suerte, porque te encuentras ante un trazado denominado “de diez lefe”, que en el mundo de la lacería está considerado el más perfecto de cuantos existen, ya que todas sus ruedas son iguales. Cualquier otra rueda, ya sea de 6, 8, 9, 12… necesita rodearse de otras con un número diferente de brazos para poder trazarse, a las que se llama desculatadas.

Trazado lacero de diez lefe. © Albanécar

La trama de diez lefe genera unas direcciones idóneas para construir una armadura ochavada, y además, para apoyar los faldones diagonales se aprovechaban unas piezas necesarias para la estabilidad de los muros: los cuadrales. Éstos eran más necesarios aún si cabe, puesto que la armadura carece de tirantes. Rematando la techumbre, en su parte horizontal –el almizate– penden racimos de mocárabes, adaptados ya a una geometría de ocho.

No sé si comienzas a captar el sentido cosmogónico de éste tipo de construcciones: Se necesita cubrir un lugar sagrado, por lo que es mejor que no tenga tirantes -estorban visualmente-. Si no tiene tirantes, ha de tener cuadrales, por lo que conviene que sea ochavada. Si ha de ser ochavada, el trazado idóneo es el diez lefe. En el almizate, para adaptarse al ochavo, es mejor una geometría octogonal, por lo que convienen racimos de mocárabes… todo está tan interconectado como la propia lacería.

Vista general del pasillo del claustro. © Albanécar

Al proseguir la visita, tras una primera sala, se accede al claustro, cuyos pasillos están techados por un alfarje de tres paños, todo él ejecutado con estrellas o sinos de ocho puntas. Éste tipo de decoración era característico de la Castilla del siglo XV, y muy del gusto de los Trastámaras, como lo era Enrique IV, impulsor del monasterio. Aunque no lo sé con certeza, dudo que la techumbre sea estructural, dado el poco canto de las piezas. Me inclino más por pensar que es un maderamen decorativo que oculta las verdaderas viguetas resistentes.

Armadura apeinazada del claustro. © AlbanécarTrazado de sinos de ocho puntas en la techumbre del claustro. © Albanécar

El refectorio es una auténtica cápsula del tiempo. Todo en él nos transporta al momento mismo de su construcción, desde la tosca policromía de sus muros hasta el sencillo púlpito, y por supuesto su alfarje agramilado, generoso en madera, puesto que la separación entre vigas es casi igual al ancho de las mismas. Está realizado con la técnica de cinta y saetino, y con un sencillo pero vistoso colorido.

Refectorio con policromía en los muros y alfarje sencillo. © AlbanécarAlfarje de cinta y saetino en el refectorio. © Albanécar

La sacristía y la sala de acceso poseen artesonados similares. En ambos, las jácenas y los jabalcones que las apuntalan están decorados por tablas policromadas con motivos vegetales. A su vez, el espacio de entrevigado está compuesto por una retícula de lo que vendrían a ser unos artesones de muy escaso relieve.

Artesonado jabalconado de la sacristía. © AlbanécarInterior de la sacristía. © Albanécar

Y finalmente, la otra joya de la corona se encuentra en la sala capitular. Se trata de una armadura ataujerada y ochavada, con sus ocho faldones exactamente iguales. Ataujerada significa que los elementos que vemos no son pares o nudillos estructurales, sino taujeles, es decir, cintas recortadas y montadas sobre tabla.

Armadura ataujerada sobre la Sala Capitular. © Albanécar

A decir verdad, es menos meritorio hacer una armadura ataujerada, puesto que no es necesario componer una estructura portante a la vez que ornamental. Sin embargo, nuestro ejemplar es de una belleza tal que suple con creces dicha circunstancia. En este caso, vemos como una rueda de 12 se macla con sus seis ruedas desculatadas de 9. Obviamente, el encaje al perímetro del faldón requiere más quiebros y argucias por parte del carpintero, puesto que no sale con la misma facilidad que vimos con el trazado de diez lefe. Nuevamente la geometría del almizate es octogonal y se remata con un racimo de mocárabes.

Almizate con racimo de mocárabes en la armadura de la sala capitular. © AlbanécarFotomontaje de la armadura de la Sala Capitular.© Albanécar

Al margen de cualquier descripción técnica o artística que pueda hacerse, entrar en la sala capitular y mirar hacia arriba produce una especie de éxtasis geométrico difícil de describir. Es el colofón perfecto a una visita más que recomendable si te gusta el mundo de la carpintería de armar.

Faldón con ruedas entrelazadas de 9 y 12. © Albanécar

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8 comentarios

  • Parece tan increíble lo que nos muestras, como que se haya conservado por siglos sin incendios ni robos. Por favor, continúa viajando y enseñándonos tanta maravilla. Gracias por tu trabajo

    • Muchas gracias por tus palabras, Isabel. Espero que te siga gustando el blog.

  • Bellisima muestra de armaduras .
    No lo conocia a pesar de haber trabajado en la restauraciòn de la cubierta de la catedral de Segovia y haber restaurado armaduras como la de la Virgen del Castillo de Cisneros (`Palencia )
    la cual desarme por completo y monte despuès de su restauraciòn y limpieza.
    Gracias por estas esta paginas que nos brindan.

    • Me alegro sinceramente de que te haya gustado.
      Por cierto, que debe ser todo un orgullo el haber podido restaurar las armaduras que comentas.
      Un cordial saludo.

  • No conocía esta maravilla de artesonados. Gracias por este magnífico artículo.

    • De nada, Rafael. Es un placer para mí difundir estas cosas y que a la gente le gusten. Un cordial saludo.

  • Muchas gracias por compartir con todos nosotros el arte de la lacería que descubrí con los libros de Enrique Nuere y que ahora amplío con su blog.

    • No hay de qué, José. Es un placer hacerlo. Muchas gracias por tu comentario.

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